Un novelista en el Museo del Prado - Manuel Mujica LainezReportar como inadecuado




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Un novelista en el Museo del Prado - Manuel Mujica Lainez. Libro para leer gratis online y descargar en PDF. Fuente: Universidad Rafael Landívar - Guatemala


Introducción



Manuel Mújica Lainez Un novelista en el Museo del Prado BIBLIOTECA DE BOLSILLO Primera edición en Biblioteca de Bolsillo: noviembre 1997 © Herederos de Manuel Mujica Lainez Derechos de la presente edición en castellano reservados para todo el mundo: © 1984 y 1997: Editorial Seix Barral, S.
A.
Córcega, 270 - 08008 Barcelona ISBN: 84-322-3143-6 Depósito legal: B.
41.464 - 1997 Impreso en España Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor Al Museo del Prado, al cual adeudo muchas horas de felicidad. M.
M.
L. A poco que cae la tarde y que empieza a anochecer, los personajes de las pinturas y las estatuas del Museo del Prado, se desperezan y sacuden.
Durante el día entero, permanecieron inmóviles, dentro de sus marcos o encima de sus pedestales, para admiración y tranquilidad de los turistas.
Nadie, ni el estudioso más avizor, pudo advertir alguna mudanza en sus actividades a menudo embarazosas, tan habituados están a cumplir con la plástica tarea que les asignó la imaginación de sus creadores. Entonces descabalga el feroz caballero y cesa la fuga, en los óleos de Sandro Botticelli; suelta Velázquez el pincel, y las Meninas se frotan los brazos entumecidos; aletean los ángeles del Beato, de Van der Weyden, de Memling, de Correggio, de Tiépolo, se echan a volar, y concluyen posándose en las cornisas, donde dialogan con los extraños pájaros del Bosco; bosteza la Maja Desnuda; el Duque de Mantua, harto de acariciar el perrito que le acoló Tiziano, le ordena de mal modo que lo deje en paz; el Caballero de la Mano al Pecho la baja, cierra los dedos helados, los masajea y hace crujir; el Carro de Heno se pone pesadamente en marcha; Gioconda suspende la cansada, difícil sonrisa; los muchachos griegos de mármol estiran las pie...





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