Jerome, Jerome K. - La broma de un filósofoReportar como inadecuado




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Introducción



JEROME K.
JEROME La broma del filósofo Yo, por mi parte, no creo esta historia.
Seis personas están persuadidas de que es verdad, y las seis tienen la esperanza de convencerse de que fue una alucinación.
La dificultad está en que son seis.
Cada una por separado se da cuenta claramente de que aquello no pudo suceder.
Desgraciadamente son personas muy amigas y no pueden separarse unas de otras, y cuando se reúnen y se miran a los ojos, la historia cobra de nuevo realidad. Quien me lo contó, e inmediatamente deseó no haberlo hecho, fue Armitage.
Me lo dijo una noche en que él y yo éramos los únicos ocupantes de la sala de fumar del club.
El contármelo —según explicó después— obedeció a un impulso de momento. Durante todo el día aquello había pesado sobre él con persistencia desusada y se le ocurrió, al entrar yo en la habitación, que el petulante escepticismo con que consideraría el asunto una mente esencialmente vulgar como la mía (no empleaba las palabras en sentido ofensivo) ayudaría a dirigir su atención hacia el aspecto más absurdo.
Me parece que, en efecto, lo hice así.
Me dio las gracias por desechar toda la narración como ilusión de un cerebro desordenado y me pidió que no mencionara el asunto a ningún otro ser viviente.
Lo prometí y puedo hacer aquí la observación de que no llamo a esto hablar de la cuestión.
Armitage no es el verdadero nombre de la persona; ni siquiera empieza con A.
Pueden ustedes leer esta historia y a continuación cenar con él la misma noche: no se enterarán. Por supuesto que tampoco consideré vedado hablar de ello, discretamente, a la señora Armitage, una mujer encantadora.
La conocí de soltera, cuando era Alicia Blatchley.
Rompió a llorar a la primera alusión.
Me costó Dios y ayuda tranquilizarla.
Dijo que cuando no pensaba en aquello podía ser feliz.
Ella y Armitage nunca aludían a ello y, abandonados a sí mismos, creía que alguna vez se les olvidaría.
Que desearía no tener tanta a...





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