Ancízar, Manuel - Peregrinación de Alpha: por las Provincias del Norte de la Nueva Granada, en 1850-51 - san gil mogotes petaquero onzaga y soataReportar como inadecuado




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Ancízar, Manuel - Peregrinación de Alpha: por las Provincias del Norte de la Nueva Granada, en 1850-51 - san gil mogotes petaquero onzaga y soata - 8 Literatura y retórica - Literature - Fuente: Biblioteca de la Presidencia de Colombia


Introducción



San Qií, Mogotes, Petaquero, Onzaga i| Soatá CAPITULO XVII El rio de Charalá corre por espacio de siete horas hacia el sur, entre cerros despedazados, que muestran al descubierto largas hileras de rocas estratificadas, en que predominan las areniscas, divididas naturalmente en trozos cuadrados no cimentados, que en la parte superior de la rotura del cerro muestran sus ángulos salientes, remedando una prolongada y ancha cornisa dentada, sobre la cual se balancea una faja continua de arbolillos perpetuamente verdes, a trechos interrumpida por las quiebras de los arroyos que desde el borde se despeñan y desaparecen entre las ruinas y matorrales inferiores.
La tierra que ha debido cubrir los flancos de la serranía en tiempos remotos, falta de base después del trastorno y hundimiento de las rocas, ha rodado y acumuládose en planos inclinados irregulares, a entrambos lados del río.
Dondequiera que estos planos pueden soportar el cultivo, se han establecido estancias de labor y las humildes habitaciones del labriego, feliz en su independencia y en el aislamiento de su hogar.
Los albores de la mañana le encuentran con el azadón en las manos, atento a sus sementeras, y en torno suyo resuena, devuelta por el eco de las peñas, la voz argentina de los pequeños hijos, que ensayan sus cantares y las fuerzas, trepando por los escarpes del cerro inmediato, para llevar a la diligente madre el agua pura del arroyo, o la pacienzuda vaca que ha áe suministrarles parte del desayuno.
El ruido de los torrentes, como otros tantos arrullos de la naturaleza que agasajan al viajero, la soledad de los altos cerros, la vista lejana de las casitas del estanciero, sombreadas por algún árbol a cuyo amparo duermen los perros, y coronadas por ráfagas de humo, que indican los quehaceres de la madre de familia; todo esto, unido al sentimiento de la inviolable seguridad con que el transeúnte cuenta en cualesquier lugar y hora, infunde cierto reposo mental, cierta disposición ben...






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