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Autor: Pedrozo

Fuente: http://www.biblioteca.org.ar/


Introducción



Amanda Pedrozo Muerte para dos Ernesto duerme, por fin.
Amo el sueño de Ernesto, ese territorio sin piso, como una nube, donde no me puede llevar porque no sabemos cómo, aunque a veces lo intentamos y dormimos tan pegados, que nada distinto a los dos pueda pasarnos.
Veo el gateo de sus ojos sin fondo bajo los párpados echados encima de ese rostro que es de ambos, me arrimo a su pecho y descanso, en silencio, para no despertarlo.
Ernesto endereza el cuerpo y luego lo encoge buscando una curva que no le estorbe por ningún lado, que le alivie el golpe con la portezuela del Ford Sierra de Héctor tan desubicado con su ofrecimiento de cargarlo hasta la portería y después con lo de ir en busca de ayuda y todo conociendo el carácter de Ernesto, que por no darle el gusto ni se pasó la mano por la rodilla. No veía la hora de que se fueran.
Sobre todo Lucía y su cara de tristeza desempacando las bolitas de naftalina que debí rechazar dejando en claro mi afecto por los bichos. Nada me costaba contarle cómo de niña esperaba que en la casa se durmieran para escurrirme por el agujero de tirar basuras de la cocina y terminaba blanqueada con la leche de luna con que a esa hora se humectan las solteronas en el zaguán.
Los veía girar en tubo rumbo a ella, a la luna, recular y embestir con la práctica de quienes hacen lo mismo desde antes de la vida.
Pero no dije nada y tuve que esperar que se fuese para pedirle a la enfermera que trajo las toallas que se las llevara.
La mujer me lanzó una mirada de resignación, pero no protestó.
Agrandó con los dedos el bolsillo del guardapolvo a cuadros y los lanzó dentro.
Después, sólo se dejó tragar por la obscuridad que la esperaba del otro lado de la puerta. Centro Experimental Gerontológico (solamente parejas).
[98] Cuando Ernesto, fiel a su costumbre de buscar avisos extraños en la sección Clasificados, lo leyó una tarde, supimos que se refería a nosotros, que terminaríamos apuntando el teléfono y averiguand...






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