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Autor: Díaz-Pérez

Fuente: http://www.biblioteca.org.ar/


Introducción



Rodrigo Díaz-Pérez Miiii Buenos Aaires queriiidooo. Me pasé una larga noche escuchando los camiones de los «operativos», que se detenían frente a los edificios.
Salían de aquellos seis o siete hombres con fusiles o metralletas, junto con algunos soldados, también armados hasta los dientes.
Entraban en las casas del vecindario rompiendo puertas y al cabo de un rato (¿veinte minutos?) salían con diez o doce vecinos, a los que obligaban a subir a los camiones: ponían el motor en marcha y, después de roncos estampidos, desaparecían.
Con frecuencia venían dos o tres veces al mismo edificio, buscando aparentemente a alguien.
Y no se iban. Merodeaban por las calles, disparaban tiros amedrentadores contra las paredes, disparos que rebotaban en las aceras o en el asfalto, silbando siniestramente en el silencio de la noche.
Se quedaban dentro de los camiones militares pintados de gris, o en los Fords Falcon sin chapa, y observaban las casas, los departamentos, los negocios, las esquinas, y si en eso veían alguna luz, disparaban en el acto descargas continuas que casi siempre concluían eliminando cualquier signo de vida.
Y al cabo de varias horas, cuando alguien, un ser anónimo cualquiera, quería entrar en su casa, lo detenían con violencia, lo esculcaban como a un criminal y casi siempre concluían metiéndolo dentro de los camiones o en el Falcón de turno.
Yo los esperaba en cualquier momento.
Mi familia era reducida.
Y si mi hijo hubiera salido por cualquier motivo, estoy seguro que después de agarrarlo a él, nos pondrían en el —62→ camión a Carmen y a mí.
La noche era larga y oscura.
Arriba, en el cielo, brillaban las estrellas.
Y enfrente les tocó la mala suerte a los Urizar, pobre gente que vino desde Jujuy buscando mejores horizontes.
Se los llevaron a todos, hasta a un niño de tres años y su madre embarazada.
Era gente muy callada, servicial, y no tengo la menor idea de por qué cargaron con ellos.
Por fin llegó la mañana. ¡Cóm...





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