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Autor: Lillo

Fuente: http://www.biblioteca.org.ar/


Introducción



Era él solo Baldomero Lillo Esa mañana, mientras Gabriel, arrodillado frente a la puerta de la cocina, frota los cubiertos de metal blanco, se le ocurre de pronto el proyecto muchas veces acariciado de huir, de ganar el monte que rodea al pueblo para dirigirse, en seguida, en busca de sus hermanas.
Desde hace tiempo, el pensamiento de reunirse a las pequeñas, de verlas y de hablarlas, es su preocupación más constante.
¿Qué suerte les habrá cabido? ¿Serán más felices que él? Y se esfuerza por creerlo así, porque la sola idea de que tengan también que sufrir penalidades como las suyas, lo acongoja indeciblemente. Mas, como siempre le acontece, las dificultades de la empresa se le presentan con tales caracteres que se descorazona, conceptuándola irrealizable.
¡Residen tan lejos las pobrecillas, y él carece de dinero y de libertad para emprender el viaje! Un abatimiento profundo se apodera de su ánimo.
¡Nunca podrá vencer esos obstáculos! Y acometido, de pronto, por una de esas crisis de desesperación que le asaltan de cuando en cuando, quédase algunos instantes inmóvil, con el rostro ensombrecido, llena de tristeza el alma. De súbito, los sones bulliciosos de una charanga atruenan la desierta calle.
Es la murga de unos saltimbanquis que recorre el pueblo, invitando a los vecinos a la función de la noche.
La música pasa y se aleja escoltada por la chiquillería, cuyas voces y gritos sobresalen por encima de las notas agudas del clarinete. Al oír aquel ruido, parecióle a Gabriel que despertaba de un profundo sueño. Animáronse con una llama fugaz sus pupilas y su marchito semblante se coloreó débilmente.
En un momento, se halló transportado a los tiempos no muy lejanos en que él también corría tras de los payasos; y el cuadro de su feliz hogar, con sus cariñosos padres y sus graciosas hermanas, presentándosele vívido y tangible, evocó en su espíritu un enjambre de recuerdos que le traspasaron el corazón como otros tantos puñal...





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