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Autor: Maupassant

Fuente: http://www.biblioteca.org.ar/


Introducción



Guy de Maupassant Allouma I Si en tu viaje a Argel —me había dicho mi amigo— te acercases por casualidad a Bordj Ebbaba, no dejes de hacer una visita a mi antiguo camarada el colono Auballe. Había olvidado el nombre de Ebbaba y el del colono Auballe, cuando, por pura casualidad, llegué a su casa. Hacía cerca de un mes que recorría a pie toda esa magnífica región que se extiende entre Argel y Cherchell, Orleansville y Tiaret, árida a trozos y a trozos poblada de árboles, grandiosa e intima.
Se encuentran allí entre dos montes, en angosto valle, frondosos pinares que los torrentes cubren en invierno. Enormes árboles, cruzados sobre la torrentera, sirven de puente a los árabes y también a los bejucos que, enroscándose a los troncos muertos, les procuran el adorno de una vida.
Hállanse en desconocidos pliegues de montaña parajes de una belleza aterradora y arroyuelos cuyas orillas cubiertas de adelfas tienen un encanto indescriptible. Pero lo que dejó en mi corazón los más gratos recuerdos de esta excursión, fueron las caminatas de por la tarde a lo largo de los senderos, casi sin árboles, que atraviesan aquellas ondulaciones de la costa, desde donde se domina un inmenso país montañoso y rojizo entre el azulado mar y la cordillera del Ouarsenis, que ostenta en sus cimas el bosque de cedros de Tenlent-et-Haad. Aquel día me extravié.
Acababa de trepar a la cresta de un monte desde donde había divisado, por encima de una serie de colinas, la larga planicie de la Mitidja, y detrás, en la cumbre de otra cordillera, tan distante que apenas se veía, el extraño monumento que llaman la Tumba de la Cristiana.
sepulcro, según se cuenta, de una familia de reyes mauritanos. Descendía, encaminándome hacia el Sur, divisando frente a mi, limitada por las cimas que a la entrada del desierto se yerguen hacia aquel cielo clarísimo, una comarca montañosa y aleonada, como si todas sus colinas estuviesen cubiertas de pieles de león cosidas unas a ot...






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