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Autor: Ricœur, Paul; Aranzueque Sahuquillo, Gabriel (trad.)

Lugar: Universidad Autónoma de Madrid

Fecha de publicación: 1997

Detalles: Cuaderno Gris. Época III, 2 (1997): 23-24. (Monográfico: Horizontes del relato: lecturas y conversaciones con Paul Ricœur - Gabriel Aranzueque (coord.))

Área: Filosofía





Autor: Ricœur, Paul - Aranzueque Sahuquillo, Gabriel (trad.)

Fuente: https://repositorio.uam.es


Introducción



Sobre un autorretrato de Rembrandt Paul Ricceur He aquí ante nuestros ojos, escogido entre los numerosísimos autorretratos de Rembrandt —tan magníficamente reproducidos en Rembrandt, autoportrait-,^ el que el maestro pintó en 1660, ocho años antes de su muerte. Contemplo este rostro.
Y súbitamente, mirándole mirarme, me planteo una pregunta descabellada: ¿qué me hace decir que este rostro es el del propio pintor? ¿Cómo he sabido que el personaje aquí representado es el mismo que el que lo pintó? Sólo me lo indica una inscripción externa al cuadro, un texto que hay que leer —una leyenda, como se dice tan acertadamente—.
Sin esa leyenda, no sabría que el hombre pintado y el hombre que lo pintó tienen el mismo nombre: Rembrandt.
Leemos claramente, en el cuadro, en el interior del marco, la firma y la fecha.
Pero éstas indican el nombre del pintor.
El personaje representado, en cambio, no lleva su nombre en la fi-ente.
Para identificar ambos nombres, necesito una información externa, extraída de la biografía del pintor, que me asegura que en esa fecha el hombre Rembrandt se pintó a sí mismo una vez más.
Necesito además la garantía de la escuela de Bellas Artes, de coleccionistas, directores de galerías y conservadores de museos para confirmar que éste es el autorretrato en cuestión. ¿No ves, diréis, algo maravilloso en este bello hallazgo? Sin embargo, este autorretrato, como todos los de su género, hace que no se cumpla una regla ascética admitida por muchos críticos de arte, tanto en pintura como en literatura, según la cual el acercamiento puramente estético exige que olvidemos al autor real, de carne y hueso, y permitamos que la obra, a la que hemos dejado huérfana, se defienda por sí sola.
Ahora bien, el autorretrato, para responder a su título, me exige que identifique al personaje representado con el que lo pintó.
Me pide, pues, que considere idénticos a dos seres ausentes: uno es el personaje irreal, a quien vislum...






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