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Fuente: http://www.libroteca.net/


Introducción



ALBAQUIA -No se crea que tanta perfección sea inaccesible a las fuerzas del ingenio.
El imperio de la imaginación es demasiado grande, y el de la ilusión demasiado poderoso, para que nos detenga este temor.- Gaspar Melchor de Jovellanos. 3 ¡Pasajeros, al tren! El narrar fielmente unos sucesos, y que de la ilación de esa crónica, dimane un cuento de fábula, evita al que escribe, el temido esfuerzo mental de averiguar qué argumento es propicio en una alegoría, y cómo conformarla para atraer la atención del lector.
Aquí huelga todo lo dicho.
Este es un cuento real o la realidad hecha cuento, así sin más.
Sin entrar en especulaciones absurdas, acerca de si la realidad supera o no a la ficción, relataré los hechos tal y como Juan José Santisteban Pernambuco de Armas me los refirió.
Intentaré no menoscabar su percepción de los acontecimientos, pues estimo que es preciso hacer constar al respecto, que como nativo del lugar que se le ocurrió visitar, jamás pasaré por el trance de sensaciones, temores, e incertidumbres, que él padeció. Yo soy Ismail Al Addrus (el estudioso), un sencillo beduino extraviado en el laberinto del tiempo.
Soy hijo de un famoso guía de caravanas legendarias, llamado Karim, y de una mujer llana y cocinera experta, de nombre Nadia. Tuve una infancia nómada, sin mimo ni gollerías, pero no pasé hambre.
Tampoco necesité reñir con mis hermanos, pues fui hijo único; un hecho raro, dentro del mundo al que pertenezco.
Asentado ahora, este servidor de ustedes, de ralea insípida y terca, curtido en mil avatares extraños y 3 4 achicado ante el peso de los años, sostiene que la leyenda de la Atlántida, pese a ser tachada de fábula inverosímil, nunca fue agua de borrajas.
En cualquier caso, podría ser una fantasía soñada por los dioses vikingos, asombrados ante el descubrimiento de unas islas remotas.
En mi modesta opinión, la leyenda es concebible a más no poder; y si aguzan sus sentidos, como todo buen y leal...





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